Lo de anoche en San Mamés tenía mucho de cita amorosa, de encuentro pasional que se había demorado veinte años: por un lado, decenas de miles de personas marcadas en su juventud por un puñado de canciones memorables, de esas que se hacen fuertes en el corazón a medida que uno envejece; por otro, unos tipos ya maduritos, que han triunfado en el reto de sobrevivir -con su historial, no siempre ha resultado fácil- y se esfuerzan en preservar la apariencia de antaño. Y, como en toda cita de tanta carga emocional, no faltaban las incómodas dudas de fondo, empezando por la más inmediata: ¿se presentarían a la hora fijada? Porque una cosa es aguardar dos décadas a que se cumpla un sueño, apurando las reservas de confianza, y otra muy distinta es añadir media hora a la espera cuando ya se está con la miel en los labios.